Susana (cuento)


Romy Valenta Valdivia, Chile
Romy Valenta
Valdivia, Chile

Susana entró en la ducha como si estuviera protagonizando un comercial de jabón. Introdujo una mano para probar la temperatura del agua, palpando el abundante chorro graduable en distintas formas e intensidades. Hizo lo mismo con una pierna, siguiendo luego con la otra mientras el agua caliente corría copiosamente. No había ningún apuro. Sus movimientos eran gráciles y delicados, la mujer frotaba la esponja presionándola suavemente contra su piel como si lavara una porcelana fina. Dejó que la blanca y perfumada espuma cubriera sus hombros y que el agua rozara su cuerpo en una frágil caricia. La mujer sonreía placenteramente y su semblante era imperturbable, aquel ritual parecía durar horas y a ella no le importaba.

Al salir del baño tomó una toalla y se la acercó para olerla profundamente, hundiendo su rostro en la tela importada, para luego envolverse con ella como un recién nacido. Siguió ejecutando su meticulosa rutina, cepillando sus dientes y maquillándose discretamente, siempre conservando la elegancia y la prolijidad en cada movimiento.

La mujer bajó a la cocina para desayunar contemplando extasiada el refrigerador repleto hasta el último rincón. Pensó en cocinar algo, pero primó el hambre irracional que sentía. Comió de todo muy ansiosa, tratando de probar varios alimentos al mismo tiempo. El apuro la hizo atragantarse más de una vez mientras se encontraba arrodillada frente al congelador. Al percatarse que la luz proyectaba su figura encorvada en la pared que estaba a su derecha soltó una carcajada y siguió comiendo hasta caer al suelo sumida en un ensueño de vacío y excesos.

Susana olfateó el ambiente haciendo una mueca de disgusto y corrió de un extremo a otro de la casa abriendo las ventanas de par en par. La mujer estaba inquieta y roció el contenido de un spray desodorante en todo el primer piso.
La imagen de los platos de la noche anterior apilados sobre el mesón de la cocina acribillaba su semblante. Se calzó un par de guantes de goma amarillos y encendió el lavavajillas para ordenar ese desastre de suciedad acumulada. Volvió la mirada hacia el delantal de cocina que estaba colgado junto a la puerta, pero rechazó la idea de ponérselo.
Alguien golpeó la puerta repentinamente, era el cartero. El hombre saludó dando los buenos días y la mujer contestó con rostro amable, sin dejarlo pasar, manteniendo tan solo una pequeña fracción de la entrada abierta. El mensajero introdujo superficialmente su nariz por la rendija de la puerta entreabierta y lanzó un inoportuno comentario, haciendo notar el extraño aroma que emanaba desde el interior de la casa.
-Debe ser la planta de tratado de aguas, el olor se aprecia incluso dentro de las residencias- comentó-.
Susana parecía estar ida y no prestó atención al curioso hombrecito con cara de ratón que estiraba la mano tímidamente esperando recibir una propina. Tras firmar distraídamente el recibo, cerró la puerta sin pronunciar una sola palabra.

La mujer terminó de vestirse, tardando un poco en decidir qué usar entre la infinidad de prendas que había en el clóset. Una vez lista, llevando un refinado traje de dos piezas, tomó las llaves del auto y salió discretamente. Se detuvo en el centro comercial y estacionó el costoso vehículo todoterreno y abrió la guantera para sacar las tarjetas de crédito que estaban junto al celular. De pronto el teléfono comenzó a sonar, Susana cerró bruscamente el compartimento dejando el aparato dentro hasta que el timbre se ahogó por completo.
Susana entró a diferentes tiendas y compró cosas que jamás usaría, deslizando las tarjetas con un maniático afán compulsivo. La mujer parecía poseída por un bizarro sentimiento de consumismo autómata, hasta que un desagradable chirrido la hizo detenerse. La máquina registradora emitía un mensaje sobre el límite de compra que había sido excedido. La cajera le lanzó una acuciosa mirada pidiéndole su identificación. Una gota de sudor resbaló por su frente mientras entregaba el documento de identidad con manos temblorosas. La cajera dudó un par de segundos y finalmente sonrió mostrándole el monitor donde podía leerse “monto aprobado”.

Susana regresó a casa y puso música subiendo el volumen de la radio al máximo, mientras una canción tropical hacía vibrar los vidrios. Bailó por largo rato quitándose la chaqueta y los zapatos, sintiendo el suave contacto de sus pies con la fina alfombra persa. La mujer cayó rendida en el sofá y se recostó boca abajo, mientras en su espalda podía verse un antiguo tatuaje desteñido que decía “Susan”.

El teléfono de la casa sonó repentinamente y su respiración se aceleró al escuchar la voz del otro lado. La mujer esbozó una sonrisa nerviosa, mientras jugaba con el cable del aparato enrollándolo en sus dedos y se despidió con voz tensa tras colgar el teléfono.
Media hora después tocaban el timbre, la mujer había dispuesto una mesa muy romántica para dos. Un hombre modesto apareció en el umbral de la puerta y entró, quitándose el sombrero mientras ella lo invitaba a pasar. Luego él la abrazó por la cintura y la besó apasionadamente por varios minutos.
El visitante escudriñó la casa, tocaba los adornos y miraba las pinturas que no parecía entender. A ratos, se detenía a contemplar silenciosamente su reflejo en la reluciente platería.
Presa de la curiosidad, el hombre trató de entrar en una habitación cerrada forzando bruscamente el picaporte, al mismo tiempo que Susana le impedía el acceso muy nerviosa. La situación se tornó incómoda, el invitado insistía en abrir la puerta y no se hacía a un lado a pesar de las súplicas de la mujer, argumentando que desde allí provenía un fuerte hedor. Susana se descontroló y le gritó que se retirara de ahí, pero ante la negativa del hombre tomó una estatuilla de bronce de una repisa e intentó golpearlo en la cabeza.
El tipo soltó una carcajada en el momento máximo de tensión y diciéndole que bromeaba y que no pretendía entrar ahí de todos modos. Susana desistió de usar el objeto dejándolo donde estaba y finalmente se sentaron a comer. La mesa lucía muy elegante, todo estaba delicioso y bebieron bastante durante la cena.
El hombre comía apurado y cabizbajo haciendo ruidos al masticar de vez en cuando con la boca entreabierta, lo cual incomodaba enormemente a Susana.
El lugar de la mujer estaba inmaculado, el del hombre en cambio presentaba manchas de vino y migajas de pan alrededor de plato y en el suelo. El detalle y la elegancia de la mesa, junto con todo el esfuerzo que Susana había puesto en ella eran solo un recuerdo.
Mientras el hombre casi terminaba su tercera ración, Susana enrollaba furiosa la servilleta en sus nudillos, sin haber tocado su primer plato.
La mujer se levantó abruptamente y se dirigió a la cocina. Abrió un cajón y extrajo un cuchillo para trozar carne. Caminó lentamente en dirección al hombre y mientras el ingenuo comensal creía que lo abrazaría tiernamente, ella cayó abalanzándose sorpresivamente sobre él, clavando el objeto en su espalda.
El cuerpo sin vida cayó sobre la mesa derramando lo que quedaba de vino encima del blanco mantel, mientras su rostro se hundía completamente en el plato.
La mujer se encontraba nuevamente sola en la casa de sus sueños, donde todo debía ser perfecto. Una lágrima rodó por la mejilla de Susana cuando cargaba el cuerpo de su amado, llevándolo hacia la habitación clausurada donde ella guardaba también los cadáveres de sus desafortunados patrones.

Susana - ilustración por Carlos Polo

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s